Mucho se ha dicho sobre la manera exponencial en que ha avanzado la tecnología en los últimos años. Yo nací en 1970 y desde muy pequeño he sido un gran amante de la música. En el transcurso de mi vida he pasado del 8-track y las grabaciones en vinilo a los cassettes, discos compactos y ahora iTunes. Los teléfonos celulares son hoy parte integral de nuestras vidas, pero cualquier persona mayor de 30 años recuerda los tiempos en que los teléfonos eran fijos y usaban un sistema de marcación de disco. Sí, las cosas han cambiado radicalmente en las últimas décadas, y el 2009 marca el centenario de la invención que, en gran parte, hizo posibles todos estos cambios. Hoy no podemos mirar a nuestro alrededor sin toparnos con un objeto hecho de plástico. Es esta incesante omnipresencia la que nos dificulta creer que el plástico no ha sido siempre parte de nuestro mundo.

La Edad del Plástico comenzó en 1909 cuando Leo Baekeland creó la Baquelita, un polímero compuesto de fenol y formaldehído. A partir de ese momento, el mundo nunca volvió a ser el mismo. Cepillos de dientes, sillas, medias de Nailon, defensas de coches, sartenes de Teflón, lentes de sol, Tupperwares, muñecas Barbie, licuadoras, discos compactos y el teclado con el que escribo estas palabras, están todos parcial o totalmente hechos de plástico.

Es irónico y paradójico que el material responsable por la drástica transformación de nuestro mundo, sea el mismo que se resiste al cambio. Antes del plástico, los elementos naturales existían en una constante y cíclica co-transformación. Los ciclos eran, en su mayoría, relativamente cortos. Si tirabas una cáscara de plátano en el campo y regresabas al mismo lugar una semana después, ésta habría desaparecido. Los gusanos, las aves y la erosión la reintegraban rápidamente al sistema. Gracias a su insolubilidad en el agua y su inerte estructura química, los desechos plásticos pueden tomar hasta mil años en desintegrarse. Las consecuencias ecológicas de la gran durabilidad del plástico apenas están siendo comprendidas, pero de lo que no hay duda es que la resistencia al proceso natural de biodegradación es sumamente destructiva. Sin embargo, este no es un artículo sobre la contaminación causada por los desechos plásticos, sino una corta reflexión sobre la belleza y necesidad del cambio, aplicada a la naturaleza y a la consciencia.

En contraste con el plástico, el agua es una de las substancias más armónicas que existen, y se integra rápida y fácilmente a cualquier entorno. Su simple estructura molecular le brinda la gracia y fluidez que han permitido la existencia de vida en nuestro planeta. De hecho, en donde hay agua, hay vida. Lo opuesto sucede con el plástico, su compleja e inmutable estructura molecular destruye la vida a su alrededor. De manera similar, en nuestra vida, la simpleza, la generosidad y la disposición para transformar nuestro ser, nos permiten interactuar positivamente con nuestro entorno; la complicación, el hermetismo y la rigidez, amenazan con destruirnos por dentro y por fuera.

El agua no tiene miedos, corre, llueve, ondea, se cristaliza y evapora. El agua cambia una y otra vez, mas nunca pierde su esencia, y a su paso va dejando tras de sí ejemplos de vida y belleza. Las cataratas del Niágara, el río Nilo, el Ganges, los témpanos del Ártico, el arco iris y las tormentas tropicales, son todos encarnaciones de un mismo flujo. Nosotros no somos la excepción, durante la vida el agua entra y sale de nuestro cuerpo, recreando constantemente el 75% de nuestro ser. El Niágara ha sido parte de mí y, eventualmente, yo seré parte de un arco iris. Entonces, si el cambio produce tanta belleza, ¿por qué querríamos ser plástico? Si la transformación es sinónimo de vida, ¿por qué querríamos ser inertes?

Por siglos, a los niños se les permitió la inocencia y a los viejos se les consideró como sabios dignos de respeto. Hoy, gracias a un fenómeno que los publicistas y mercadólogos llaman “Compresión de edad”, los niños se esfuerzan en parecer mayores y los viejos se obsesionan con aparentar juventud. El concepto básico de la compresión de edad es el implantar en el público un sentimiento de disgusto por su edad real, para después venderle un producto que resuelva la “deficiencia”. La idea es que existe una edad perfecta en la que somos percibidos como fuertes, saludables e independientes y la meta es alcanzar y mantener esa edad. Ya sea que hablemos de una niña que se viste provocativamente para pretender ser mayor, o de un tipo mayor que compra un auto deportivo para pretender ser joven, la compresión de edad desea que una gran mayoría de la población se sienta inadecuada y gaste su dinero en un intento banal de permanecer inmutable.

Exaltar la parálisis por sobre el cambio puede ser muy rentable para publicistas y corporaciones, pero no ha sido beneficioso para la sociedad en general. Vivimos en una cultura en la cual, seres que por millones de años fueron 3/4 partes de agua, se ven persuadidos a remplazar tejido vivo y fluido de sus cuerpos por obstructivos implantes plásticos. Irónicamente, esto se hace en nombre de la belleza. Pero el peor daño de esta práctica no es el físico sino el psicológico, vivir en un constante desencanto con nuestro propio ser tiene un enorme costo cultural.

En una ocasión, mirando un anuncio de Viagra, un viejo sabio me dijo: “¿por qué demonios habría yo de querer regresar a todo eso?”. Le pregunté a qué se refería y me explicó que la razón por la cual nuestra potencia sexual disminuye al envejecer es para que podamos ser más contemplativos y, por lo tanto, más capaces de enfocar nuestra atención en el inminente milagro de la muerte. Mencionó que la mayoría de las culturas antiguas entendían esto bien y lo incorporaban en sus tradiciones. Gracias a estas contemplaciones, sus viejos eran más sabios y valientes, mientras que, según él, nuestros viejos son hoy cada vez más seniles y llenos de miedos.

Desgraciadamente, a la cultura occidental moderna no le gusta hablar de la muerte, mucho menos considerarla un milagro. Contemplar la muerte requeriría aceptar el proceso de envejecimiento y, en la Edad del Plástico, nos hemos alistado en una inútil batalla contra el paso del tiempo. Para vivir una vida plena, hay que prepararse para recibir la muerte, convertirse en agua y fluir. El plástico, como una cara llena de Botox, es indiferente e inexpresivo. ¿No es un instante de transformación más valioso que una inerte eternidad?