Así como lo hiciera Dante ante las puertas del Infierno, Lao Tsé comienza el camino al cielo con una advertencia. Cuando estamos a punto de adentrarnos en el Tao Te King, vemos una inscripción que dice:

El Tao que se puede nombrar no es el verdadero Tao

¡Qué paradoja! La primera descripción que ofrece Lao Tsé respecto al Tao (el camino), es que el Tao no puede ser descrito. ¿Deberíamos cruzar este umbral de todas formas? ¿Cuál sería la meta? De pronto, la inscripción en la antesala del cielo suena muy parecida a aquella del infierno:

Los que entréis, perded toda esperanza

De alguna manera, eso es exactamente lo que nos pide Lao Tsé, que abandonemos todas nuestras esperanzas, junto con todos nuestros miedos, sueños, prejuicios y expectativas. Todas esas construcciones mentales que, al crear un insaciable remolino de ilusiones, imponen un denso velo sobre el Tao eterno. Así, como una vacuna que introduce un agente patogénico a nuestro organismo con el fin de evitar que suframos la enfermedad, las pequeñas oraciones de Lao Tze nos protegen de los efectos negativos derivados de utilizar el lenguaje para delimitar una realidad indiferenciada e indescriptible.

Según la filosofía budista, el lenguaje es únicamente útil para describir la verdad relativa (Samvriti), una manera aprendida de percibir la realidad que presupone que las cosas existen de forma objetiva. Claro está que, un examen meticuloso de la realidad, nos presenta con una continua sucesión de fenómenos cambiantes sin existencia intrínseca. A esta falta de existencia objetiva independiente los budistas le llaman vacío (Sunyata) y es lo que constituye la verdad absoluta (Paramartha).

Es importante entender que, aun cuando el concepto de Sunyata no es sinónimo del vacío que la ciencia describe como la ausencia de materia/energía, el vacío físico es el catalizador de Sunyata. En 1910 el científico británico Ernest Rutherford descubrió que los átomos no eran partículas sólidas, como se creía, sino que más bien estaban constituidos casi completamente de espacio vacío. Hoy sabemos que la masa de un átomo representa únicamente una milésima de trillón de su volumen! Y que el 99.9% de dicha masa reside en su núcleo, mientras que el resto se encuentra en la energética nube de electrones. Si el átomo ocupara el volumen de un estadio de fútbol, su núcleo “masivo” sería del tamaño de un grano de arena flotando en el centro de dicho estadio. Esto quiere decir que todo lo que percibimos como sólido, nosotros mismos incluidos, es esencialmente vacío. Al avanzar rápidamente sobre la escala de magnitud descubrimos que los cuerpos interestelares también se encuentran separados por espacios inmensos. Lao Tsé afirmó que, “aunque hecho de barro, es el espacio vacío lo que hace útil al tazón”. El espacio permite el movimiento, el movimiento genera cambios, y el cambio es el principio básico del Sunyata. El vacío representa posibilidades y, en un universo fundamentalmente vacío, la realidad es fundamentalmente ilimitada. Esta visión de la realidad ha sido secundada por los padres de la mecánica cuántica. Según Werner Heisenberg, “los átomos forman un mundo de potenciales y posibilidades, más que de objetos”, y Erwin Schrödinger nos advierte que “es mejor no ver a las partículas subatómicas como entidades permanentes, sino más bien como eventos instantáneos, aun cuando estos eventos se unan para crear la ilusión de entidades permanentes”

Si yo soy la suma de mi cuerpo y mi mente, y hoy no retengo ni un solo átomo de mi cuerpo original ni los pensamientos de mi mente original, ¿porqué me sigo llamando Sergio Toporek? La única razón que permite esta constante es el consenso social. El lenguaje es extremadamente útil para generar y comunicar una experiencia compartida, pero es muy limitado y engañoso al describir la realidad última. El lenguaje describe el mundo de objetos que perciben nuestros sentidos, pero un análisis meticuloso de dichos objetos y sus características, los expone como meros conjuntos de relaciones entre fenómenos efímeros.

Cuando un rayo de sol cruza una precipitación pluvial, volteamos para admirar los bellos colores. Sin embargo, el arco iris no existe, excepto como una colección de relaciones entre fenómenos igualmente efímeros. Además de la luz y la lluvia, una parte crucial de lo que llamamos arco iris es nuestro sistema ocular-nervioso.  Un ojo humano normal contiene alrededor de 100 millones de células fotorreceptoras, de éstas, las 5 millones llamadas coniformes son primordialmente responsables por nuestra percepción cromática. 65% de las células coniformes son sensibles a la luz roja, 32% a la verde y 3% a la azul. Nuestra percepción del color resulta de la interacción entre dichas células fotorreceptoras y la manera en que nuestro cerebro interpreta su señal. Si modificamos o eliminamos uno de estos factores, como es el caso en diferentes especies, el arco iris se verá completamente diferente o desaparecerá por completo. Es tentador definir los diversos fenómenos que percibimos como si contaran con una existencia “real” e independiente, pero el arco iris no es algo que yo observo, más bien mi observación crea al arco iris. No hay objetos, tan solo relaciones. Si todo objeto contara con una identidad definida inmutable, la interacción sería imposible y nunca sucedería nada. Sin embargo, la realidad no es estática y en ella, todo es, gracias a que todo no es. Todo existe porque nada existe. Claro que muchos fenómenos parecen menos efímeros que una partícula subatómica o un arco iris, pero un sueño no deja de ser un sueño tan solo porque dura más.

Otro problema que surge al intentar describir la realidad con base en nuestra percepción sensorial, es que la mayor parte de dicha realidad escapa a nuestros sentidos. Por ejemplo, a lo que le llamamos “luz visible” representa menos del 0.01% del espectro electromagnético, pero el hecho de que no podamos ver las demás longitudes de onda no quiere decir que éstas no se manifiesten. Después de todo, algunas especies pueden ver la luz infrarroja o ultravioleta tan bien como nosotros vemos la “luz visible”. Lo mismo sucede con las ondas sonoras, el rango de frecuencias que podemos escuchar es verdaderamente insignificante comparado con todo el espectro sonoro. Claro que las longitudes de onda invisibles y las frecuencias inaudibles han sido incorporada a tecnologías sumamente útiles como la resonancia magnética, el ultrasonido y las telecomunicaciones, convirtiéndose así en parte integral de nuestra realidad inmediata.

Sería arrogante intentar definir la realidad con base en el consenso perceptivo humano ya que, como especie, tan solo hemos sido parte del Universo un 0.00015% de su existencia. Nuestras amplias limitantes sensoriales tan solo representan nuestra manera particular de relacionarnos con el mundo que nos rodea, pero asumir que lo que nos muestran es de alguna forma objetivo o absoluto es una ilusión. Nunca lograremos definir una realidad absoluta e independiente ya que somos parte del experimento que se observa. Nosotros modificamos la realidad con nuestra presencia. Esta aseveración va más allá de lo metafórico, y es uno de los hallazgos más sorprendentes de la cuántica. Se le conoce como el colapso de la función de onda y trata sobre la complementariedad onda/partícula de la luz. Antes de intentar cuantificarla, la luz se comporta como una onda cuya presencia se expande en todas direcciones, pero al ejecutar una medición, la luz se “materializa” mostrándose como una partícula que existe únicamente en una posición. Así, la presencia de un observador consciente define el fenómeno que se está observando. Esto significa que no existe una realidad independiente del observador y todo pasa a ser relativo.

En el oriente, la idea de la relatividad fue conscientemente acogida por los pensadores budistas hace miles de años. A través del uso de las ciencias contemplativas, sabios como Buda y Nagarjuna llegaron a la conclusión de que el espacio, el tiempo y la realidad objetiva representaban una mera ilusión creada por nuestra mente discriminatoria. Estas revelaciones fueron categóricamente rechazadas en occidente, pero con los años, los científicos occidentales están alcanzando esta misma conclusión.

Por siglos el oeste apoyó la idea de una Tierra inmutable planteada por el modelo geocéntrico aristotélico, pero en 1543 Copérnico desafió esta idea al sugerir que la Tierra giraba alrededor del Sol. 70 años después, las observaciones de Galileo demostraron que, no solo la Tierra no era inmutable, sino que “el movimiento es como la nada”. Con esta frase Galileo declara que el movimiento absoluto no existe y que todo movimiento uniforme es relativo. En otras palabras, un objeto se mueve únicamente en relación a otro objeto. Mientras estoy sentado escribiendo este artículo la tierra se mueve a 30 km/s alrededor del Sol, y el Sistema Solar se mueve a 200 km/s alrededor de la Vía Láctea, pero independientemente a esta actividad cósmica y gracias a la inercia, mi movilidad se limita únicamente a mi entorno local inmediato.

Al explorar el movimiento, nuestro entendimiento del Universo fue aumentando. En 1687 Newton publicó sus Leyes de la dinámica y la Ley de Gravitación Universal, formulando así los principios de la mecánica clásica. Por los siguientes tres siglos el Universo fue entendido como una relación entre masas y fuerzas a través del tiempo. Mientras las masas y fuerzas eran variables, el tiempo era entendido como absoluto. Así fue hasta 1905, cuando un desconocido empleado de la oficina de patentes suiza publicó su Teoría Especial de la Relatividad. Para 1916, cuando el ya famoso Albert Einstein publicó la Teoría General de la Relatividad, la comunidad científica había aceptado renuentemente dos principios muy contra-intuitivos: la equivalencia entre masa y energía, y la relatividad del tiempo. Hoy está demostrado que el paso del tiempo varía según la aceleración y la gravedad. Aun cuando suene extraño, el tiempo prácticamente dejará de fluir para alguien que viaje a alta velocidad hacia el horizonte de sucesos de un gran agujero negro.

Así que el movimiento y el tiempo son relativos en el espacio. Pero ¿qué podemos decir del espacio mismo? ¿es el espacio real y absoluto? El principio de localidad afirma que un objeto es afectado únicamente por su entorno inmediato. En otras palabras, los procesos físicos que ocurren en un lugar no deberían ejercer ningún efecto inmediato en la realidad existente en lugares distantes. Sin embargo, la Interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica crea un marco teórico en el que dos partículas pueden reaccionar simultáneamente, sin importar qué tan lejos se encuentren la una de la otra. Esto contradice los principios básicos del realismo local y, en la opinión de Einstein, confirmaba que la Interpretación de Copenhague era errónea e incompleta. En 1935 Einstein y sus colegas Boris Podolsky y Nathan Rosen expusieron su caso en contra del comportamiento no-local al postular lo que se conoce hoy como la Paradoja EPR. Einstein concluyó que la realidad no daba cabida a esta “tenebrosa acción a distancia”. Pero en 1982, el Universo se confirmó como un lugar espeluznante; el físico francés Alain Aspect realizó una serie de experimentos en los que dos fotones continuaban reaccionando de manera simultánea aun cuando la distancia entre ellos aumentaba. En 1998 un experimento aún más preciso fue llevado a cabo por Nicolas Gisin con idénticos resultados. Estos experimentos destrozaron toda ilusión de localidad en un universo en el que, de pronto, “aquí” y “allá” se convirtieron en conceptos irrelevantes. Puesto que todas las partículas del Universo estuvieron cuánticamente entrelazadas en el momento del Big Bang, todas y cada una de ellas se encuentra conectada de manera no-local a todas las demás. Esta nueva visión holística del universo se comienza a parecer mucho a lo que los budistas de la escuela Mahayana describieran en el siglo III como la Red de Indra. Imagina una telaraña multidimensional cubierta con gotas de rocío. Cada gota existe en su lugar, pero contiene dentro de sí el reflejo de todas las gotas que la rodean, incluyendo su propio reflejo. Así, toda la realidad se multiplica infinitamente en cada una de las gotas y si una de ellas es eliminada, la apariencia de todas las demás es afectada inmediatamente. Este es un fenómeno que los budistas llamaron co-surgimiento interdependiente ( pratītyasamutpāda) y que los físicos hoy llaman Inseparabilidad.

La inseparabilidad, junto con el desacuerdo de algunos físicos respecto a la Paradoja postulada por Stephen Hawkin sobre el comportamiento de la información en los agujeros negros, resultó en el Principio Holográfico. Propuesto por vez primera en 1993 por el físico holandés ganador del Nobel Gerard ’t Hooft, la idea ha ido ganando terreno. El físico norteamericano Leonard Susskind le dio una interpretación precisa dentro de la teoría de cuerdas y, en 1997 el físico argentino Juan Maldacena del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton lo confirmó con gran rigor teórico. En el 2008, Craig Hogan, Director del Centro para el Estudio de Partículas en la Astrofísica dentro de Fermilab anunció que el detector de ondas gravitacionales GEO600 podría haber encontrado señales de Ruido Holográfico. De confirmarse, este descubrimiento representaría el avance más importante en la física desde el surgimiento de la mecánica cuántica, y sus implicaciones serían fascinantes. Sin entrar mucho en tecnicismos, la bizarra conclusión detrás de esta teoría es que todos somos parte de un gigantesco holograma cósmico. En otras palabras, el mundo tridimensional que experimentamos —galaxias, estrellas, planetas, océanos, casas y personas— es únicamente un holograma producido por la información codificada en una membrana bi-dimensional que se encuentra en el borde del Universo. Esto transformaría todo —espacio, tiempo y realidad objetiva— en una mera ilusión.

Tan fantásticas como estas conclusiones parecen, es aún más fantástico que unos cuantos sabios contemplativos las hayan alcanzado hace miles de años sin tener acceso a telescopios, microscopios o aceleradores de partículas. Pero sería un error asumir que, solo porque las conclusiones alcanzadas por los científicos y los contemplativos son similares, el propósito de sus investigaciones sea el mismo. Cuando Buda comprende la interconexión universal, su meta era disipar el sufrimiento generado por las ilusiones de un ego discriminatorio. La revelación de que todos los seres somos fenómenos indiferenciados dentro de un mismo sistema en flujo, fue la chispa que encendió un enorme y sanador poder compasivo. Cuando los científicos descubrieron el inmenso poder que se escondía dentro del núcleo atómico, comenzó una carrera desenfrenada para convertirlo en armamento. Los triunfadores de dicha carrera incluían al físico Robert Oppenheimer, y a los ganadores del Nobel Niels Bohr, Richard Feynman y Albert Einstein; los perdedores —además de los cientos de miles de seres no-humanos— incluían unos 200,000 civiles japoneses, la mayoría mujeres y niños.

Por supuesto que la ciencia puede ser, y es, utilizada para nobles propósitos, pero el hecho es que la moral no es parte intrínseca del método científico. Además, la ciencia únicamente está interesada en aquello que se puede comprobar y medir. Es muy poco probable que logremos cuantificar la conciencia, o encontrar las partículas subatómicas responsables por el amor, la bondad y la compasión. Tomando esto en cuenta, lo que deberíamos hacer, es asegurarnos que sobre el umbral de todo acelerador de partículas se lea:

Advertencia para aquellos que entren aquí: la realidad que puede ser medida y categorizada no es la realidad última.