“Dime Sergito ¿qué vas a ser cuando seas grande?”
De niño, siempre me molestaba cuando un adulto me hacía esta pregunta. No comprendía con exactitud porqué me irritaba tanto…



Yo solo sé que no sé nada.

Según la leyenda, fue esta aserción la que motivó al Oráculo de Delfos a nombrar a Sócrates como el hombre más sabio de Grecia. Sócrates respondió que él no poseía ningún conocimiento pero, paradójicamente, el Oráculo interpretó esta admisión de ignorancia como evidencia innegable de gran sabiduría. Esto hirió el orgullo de muchos atenienses destacados, quienes no toleraron ser evaluados por debajo del confeso ignorante. Sócrates fue acusado de envenenar la mente de los jóvenes y, por consiguiente, fue condenado a muerte por envenenamiento.

2,000 años después de la sentencia de Sócrates, en algún instante entre el nacimiento de Descartes y la muerte de Kant, el occidente se enamoró perdidamente de la certidumbre. El cálculo surgió como la disciplina fundamental que nos permitió comprender y definir la realidad con gran exactitud, aun cuando nunca logró resolver la disputa entre Leibniz y Newton sobre su descubrimiento.

Lao Tse afirma que aquello que es verdadero no es descriptible, sin embargo, una vez planteadas las leyes newtonianas de la gravedad y el movimiento, era difícil dudar la capacidad de la ciencia para describir y explicar la realidad. Newton fue sucedido por Bernoulli, Coulomb, Avogadro, Fourier, Faraday, Kelvin, Joule y Maxwell. Con cada nuevo hallazgo crecía la certeza de que el Universo podía ser comprendido en su totalidad a través de la síntesis matemática de elegantes ecuaciones (ecuaciones elegantes). Tras la unificación de la electricidad y el magnetismo, demostrada por Maxwell en 1873, la postura general de la comunidad científica era que al terminar el siglo XIX “todas las constantes físicas ya se habrían descubierto y aproximado, por lo que la única preocupación de los futuros científicos sería calcular estas constantes con mayor exactitud”. Sin embargo, la historia tenía otros planes y una nueva serie de científicos de la talla de Curie, Rutherford, Planck, Einstein y Bohr demostraron que el Universo no era tan fácil de resolver. La radioactividad, la equivalencia entre materia y energía, el flujo relativo del tiempo y las propiedades onda-partícula de la luz se encontraban entre los nuevos descubrimientos. Durante el siglo XX, cada nuevo hallazgo incrementaba el nivel de incertidumbre. El sueño de un determinismo científico absoluto recibió su tiro de gracia en 1926 cuando un joven físico alemán demostró que era imposible conocer, de manera simultánea, la posición y momento-lineal de una partícula subatómica. A la edad de 25 años Werner Heisenberg formuló el Principio de Incertidumbre, asentando así los cimientos de la física cuántica moderna. Una de las implicaciones de este descubrimiento es que la incertidumbre rige el comportamiento de las partículas fundamentales. El Principio de Incertidumbre impone una limitante física real al conocimiento humano, una limitante que ninguna tecnología puede vencer. A un nivel elemental, los científicos se vieron condenados a calcular únicamente probabilidades, nunca resultados absolutos. Einstein aborrecía esta postura y murió intentando desacreditarla, sin embargo, décadas de consistencia experimental han confirmado su peor temor: Dios sí juega a los dados.

En 1932 se le otorga a Heisenberg el premio Nobel de Física, desde entonces la descripción de la realidad es cada vez más extraña e incierta. Algunos de los recientes avances científicos, como por ejemplo el  Entrelazamiento Cuántico, parecen sugerir que además del tiempo, la localidad es también ilusoria. Es decir que ambos –tiempo y espacio– son meras construcciones mentales. Las últimas revelaciones presentadas por los grandes científicos  Leonard Susskind, Gerard ‘t Hooft, Juan Maldacena y Ed Witten avalan la idea de un universo holográfico en el cual no existe una realidad objetiva y cuya solidez es meramente aparente. Según el Principio Holográfico, la realidad objetiva es tan solo un espejismo creado por nuestra mente con base en información sensorial; es nuestra interpretación de un holograma espléndidamente detallado e interconectado, pero de carácter homogéneo. En este universo, todos los aspectos y características atribuidas a la realidad percibida, son tan solo interpretaciones relativas al observador por lo que es imposible establecer un conocimiento absoluto e universal.

Tomó casi 2,500 años, pero Sócrates fue finalmente vindicado:
La única certeza absoluta es la incertidumbre misma.



“Dime Sergito ¿qué vas a ser cuando seas grande?”
De niño, siempre me molestaba cuando un adulto me hacía esta pregunta. No entendía con exactitud porqué me irritaba tanto. Al crecer, me sentiría igual de incómodo cuando, en una entrevista de trabajo, me preguntaban “en dónde te ves en 5 años?”. Por algún motivo, también me parecía fastidioso cuando un cura instigaba la promesa de amor eterno por parte de una joven pareja frente a una congregación.

En algún momento comencé a comprender que, en la mayoría de los casos, aquellos haciendo las preguntas tan solo deseaban satisfacer sus propias expectativas con mis respuestas; y que con gran frecuencia yo reaccionaba de la manera esperada con tal de evitar conflictos y decepciones. Toda esta gente, ansiosa por obtener certidumbre, tan solo busca la confirmación de su propio sistema de valores: confirmación de que su hijo será un doctor y no un bailarín de ballet; confirmación de que su pareja nunca hará nada que ponga en riesgo al matrimonio; confirmación de que el compromiso público de una pareja continuará validando la autoridad y control social de la iglesia…

Hoy sé que el fastidio que esas preguntas me causaban tenía muy poco que ver con sus respuestas particulares y mucho que ver con las preguntas mismas, que me parecía aberrante que mi futuro sirviera como confirmación de las expectativas de otros; que, al contestar, me transformaba en un mentiroso potencial y que la única respuesta honesta a aquellas preguntas es, será y siempre debió ser NO LO SÉ. Cualquier otra respuesta constituye un destino comprometido, una limitante voluntaria a la libertad, una imposición de las esperanzas y miedos personales y comunales sobre las posibilidades ilimitadas de la realidad.

NO LO SÉ no es la respuesta más romántica o alentadora, sin embargo, es en general la más honesta. Desafortunadamente, hoy la seguridad es más codiciada que la honestidad. Los colegios, los templos y la cultura popular exaltan la certidumbre como virtud. El párroco narra pasajes bíblicos como si los hubiese presenciado él mismo, y describe el más-allá como si ya hubiese muerto y resucitado. El maestro de química explica las partículas subatómicas como si las hubiera visto con sus propios ojos y, alrededor del mundo, se admira a las celebridades por su gran aplomo y aparente seguridad. Recientemente hemos presenciado una serie de líderes internacionales que están más preocupados por tener la razón que por actuar de manera racional.

La religión fabrica certidumbre con base en el pasado y la impone sobre el presente, mientras que la ciencia del presente vierte su fe en futuros descubrimientos para alcanzar certidumbre. Todos los que ocupan puestos de autoridad se rehusan a aceptar su ignorancia por temor a parecer débiles o vulnerables.

Yo no le temo a la duda, pero me aterra el resurgimiento de la extrema certidumbre y el fundamentalísimo. La duda genera humildad, la certidumbre arrogancia. Muchos de los eventos históricos más terribles han involucrado dementes arrogantes.

En lugar de permitir que la experiencia informe a la percepción, el demente intentará crear una experiencia que se conforme a sus prejuicios. El demente impone un orden sobre la existencia e intenta destruir todo aquello que desafíe dicho orden. Sin embargo, el caos es la ley de la naturaleza, mientras que el orden es tan solo un sueño humano. Inevitablemente el sueño de un hombre se convertirá en la pesadilla de otro, y nuestros intentos por imponer un orden artificial sobre la existencia terminarán, con frecuencia, en angustia y destrucción.

Las expectativas son banales, el control es una dolorosa ilusión, estamos compuestos de incertidumbre. Acepta el caos y surgirá el orden, impón un orden y vivirás en caos.
¿Cómo es que sé esto?

NO LO SÉ.